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TOPICS

The Crisis Among Children

The Theological, Historical, and Missional Mandate

Methodism, Children, and the Poor

The Challenge and Opportunity for The United Methodist Church

Authorization to Develop an Episcopal Initiative

Goals of the Episcopal Initiative

NOTES

El Concilio de Obispos de la Iglesia Metodista Unida

Renovando la Iniciativa Episcopal:

“Comunión con los Niños y los Menesterosos”

Tiempo Pascual de 2001

 A la Gente Metodista Unida en el Mundo

 Un milenio nuevo despunta, y la crisis en los niños* en los empobrecidos continúa con la misma intensidad. La voz de Dios, con una urgencia imperativa, nos insta a que respondamos a las súplicas de nuestros hermanos más vulnerables y maltratados. El Concilio de Obispos se hace presente, renovando su compromiso con la Iniciativa para los Niños y la Pobreza, a través de este llamado a la “Comunión con los Niños y los Menesterosos”. El Concilio de Obispos también llama a una reflexión más profunda e insta a la acción hacia una vida mejor en comunión con los pobres a todas y cada una de las congregaciones y personas metodistas unidas.

 En 1995, el Concilio de Obispos lanzó una Iniciativa para los Niños y la Pobreza que apuntaba a tres objetivos:

  • La reestructuración de la Iglesia Metodista Unida como respuesta al Dios que está presente entre los “hermanos más pequeños”. También se busca evaluar toda la labor de la iglesia en conexión con el impacto que tenga en los niños y empobrecidos.
  • La creación de recursos que ayuden a comprender la crisis de los niños y los empobrecidos, y que faciliten la acción de la iglesia.
  • La evangelización, o sea, proclamar en la palabra y en los hechos, el evangelio de la gracia divina redentora, reconciliadora y transformadora de Jesucristo nuestro Señor, intercediendo en favor de los niños, y de todos los oprimidos por la pobreza.

Esta Iniciativa se plasmó en un Documento Inicial que sirvió de estímulo para las respuestas de las conferencias anuales, las congregaciones, las juntas y las agencias, y demás instituciones, en defensa de la causa de los niños y de los oprimidos por la pobreza.

Nuestro compromiso con los niños y menesterosos ha dado sus frutos. Parece ser que nuestra preocupación inicial siempre gira alrededor de nuestros hijos y de los hijos de nuestros iguales. Prácticamente se ha ignorado al pobre que sufre por carencias económicas, así como también a las causas sistémicas que originan la pobreza, y las implicancias teológicas y eclesiológicas de la identificación y presencia divinas en favor del pobre.

Debemos confesar que nuestros estilos de vida a menudo reflejan nuestra comunión con los más ricos en vez de una comunión con el pobre.

*Nota del traductor: Para que la lectura del documento fluya, no se ha incluido el género femenino. Por ejemplo, los niños / las niñas, los obispos / las obispas.

 Los beneficios que extraemos de ese mismo sistema que explota y empobrece a otros, socavan la credibilidad de nuestro testimonio. Anhelamos desesperadamente una conversión, y fervientemente nos comprometemos a vivir, tal como Jesús, en una mayor comunión con los pobres o menesterosos.

Sabíamos desde el principio que la Iniciativa enfrentaría enormes desafíos y que implicaría, por parte de la iglesia, una continua y sostenida perseverancia. Nos hemos concentrado en las siguientes metas:

  • La Iniciativa debe ser un programa misional, opcional o temporario, y no un llamado a confrontar ídolos poderosos o a reordenar las prioridades eclesiásticas de acuerdo al Dios revelado en Jesucristo Nuestro Señor.
  • Nos hemos identificado sentimentalmente con los niños y los pobres, desterrando los actos de caridad. Los hemos reemplazado por una comunión o un vínculo auténtico con los empobrecidos.
  • Hemos apelado a un humanitarismo general, y no a una implantación de la Iniciativa, en la naturaleza y misión divinas.

Nuestra tarea como obispos, de concentrar toda nuestra atención en las súplicas de los destituidos y empobrecidos, no ha sido nada fácil. Con frecuencia, nuestros compromisos rutinarios nos ensordecen, y los lamentos de los que están más allá de las instituciones y congregaciones que son de nuestra responsabilidad, no son audibles. Hemos permitido que el incesante estrés de nuestras funciones nos impida mantener la mira en la misión divina de transformación, en la respuesta divina al Dios que está siempre presente entre los “hermanos más pequeños”. Nuestros intentos como obispos de desarrollar relaciones permanentes con los pobres y los niños desposeídos, han fracasado debido a que nuestra posición social, institucional y cultural nos separa de ellos de infinitas maneras.

Justamente el gran desafío de la Iglesia Metodista Unida es vencer las barreras que separan a los prósperos de los empobrecidos. Creemos firmemente que la reestructuración de la iglesia y la proclamación del evangelio no pueden existir sin imbuir un nuevo sentido de comunión, una nueva relación de la iglesia y de los obispos, con los más vulnerables: los financieramente desposeídos y los niños de Dios. Dios ha elegido a los menesterosos, a los débiles y a los carenciados como un medio de gracia y transformación.

Es nuestro deber hacernos un llamado e invitar a la Iglesia Metodista Unida a que se renueve y evangelice a través de la comunidad con los empobrecidos—a través de los que Jesucristo llamó nuestros “hermanos más pequeños” y a los que Carlos Wesley denominara “los amigos del alma de Jesucristo”.

 La Situación Actual De Los Niños Y Empobrecidos

 Si bien es cierto que celebramos la esperanza y el compromiso renovado con los niños y los menesterosos, no es menos cierto que las condiciones mundiales en la que se encuentran éstos empeoran día a día. La rápida separación entre los ricos y los empobrecidos pone en peligro a millones en el mundo. La economía global se asemeja a un casino gigante, en donde unos pocos se enriquecen mientras que millones trabajan sin una perspectiva decente de cubrir las necesidades del diario vivir. Las víctimas principales de la violencia, y de una muerte prematura, continúan siendo las mujeres, los niños y los pobres. La violencia incrementada en los niños utilizada contra otros niños, nos demuestra lamentablemente la pobreza espiritual en que se encuentran nuestras comunidades y naciones. Y lo más triste es que todos estos problemas serios, a los cuales los niños y los empobrecidos se encuentran sometidos, tienen una pronta solución. Los recursos y las soluciones están al alcance de la mano. Sin embargo, faltan la voluntad moral, la visión teológica y el compromiso político, esenciales para accionar.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en su informe anual, señala el progreso que se ha logrado referente al bienestar de los niños en el mundo. Sin embargo, el informe hace notar que “muchos objetivos aun permanecen inalcanzables para millones de esos niños. Una pobreza incrementada, y cada vez más difícil de calibrar, una gigantesca desigualdad entre los ricos y los pobres, la violencia y el conflicto en escalada, la letal propagación del SIDA/VIH y el constante tema de la discriminación contra las mujeres y las niñas constituyen, entre otras, una permanente amenaza en este mercado mundial”. El mismo informe indica que en este período de clara prosperidad, “más de 1.2 mil millones de habitantes viven con menos de $1 dólar norteamericano por día—más de 600 millones son niños”. El SIDA fue el responsable de la muerte de 510.000 niños menores de 15, en 1988, y de la orfandad de casi 13 millones de niños; sus padres han fallecido víctimas de esta plaga. Ciento treinta millones de niños no tienen forma de acceder a la educación primaria.

Las fuerzas, políticas y prácticas económicas globales auspician la pobreza y ayudan a que prospere. El comercio transnacional se ha incrementado; es un 25% de la producción mundial de mercaderías. Un tercio de este comercio se lleva a cabo dentro de las sucursales de las corporaciones individuales transnacionales y, por ende, permite que muchas de las instituciones eludan las leyes y normas que se aplican a la nación (leyes laborales y del medio ambiente) y las leyes impositivas, que representan el sustento de los beneficios de los habitantes nacionales.

Todos los días, se mueven en el globo aproximadamente 1.5 trillones de dólares estadounidenses; cifra igual al presupuesto federal norteamericano para un año. Solamente un 1% de este “dinero” está directamente relacionado a la compra de bienes y servicios. El resto se destina a la especulación en monedas, valores de bolsa, bonos y mercados de futuro, generalmente todas operaciones a corto plazo. Debido a la gran inestabilidad de los mercados financieros, el desarrollo de las economías nacionales depende de las fluctuaciones caprichosas de la especulación, lo cual destruye toda capacidad que puedan tener estas naciones para brindar los servicios básicos a sus poblaciones.

Una forma de empobrecimiento se origina cuando las naciones no pueden pagar una deuda onerosa. Así, por ejemplo, Mozambique pagó dos veces más en servicio de la deuda que lo que gastó en la salud y la educación. El 25% de los niños de ese país murieron como consecuencia de enfermedades infecciosas. Es común que estos países pobres paguen más dinero en intereses que lo que reciben por concepto de préstamo o inversiones. Las naciones más pobres realmente subsidian las ganancias de los bancos más poderosos de las naciones más ricas.

Aun cuando los países aparenten una solvencia económica, los resultados pueden ser devastadores para la mayoría de la población. México es un ejemplo típico: Ha estado creciendo a una tasa del 8% (mucho más rápido que la economía de cualquier otro país latinoamericano), y ostenta la misma cantidad de billonarios que Gran Bretaña. Y, sin embargo, el porcentaje de la población que vive en la pobreza (entre un 40 y 60%) de hecho ha aumentado, y el poder adquisitivo del salario promedio se ha ido en picada.

La disparidad de la riqueza no se circunscribe a las economías de los países desarrollados y a la de los países en vías de desarrollo. En Estados Unidos, la brecha entre los ricos y los pobres ha crecido desproporcionadamente, cosa que jamás había sucedido. El número de niños indigentes en Estados Unidos sobrepasa el número de habitantes de la zona metropolitana más grande de la nación. Un millón y medio de niños tienen, por lo menos, uno de los padres en prisión. El periódico Chicago Tribune informa que “en los últimos veinte años, los Estados Unidos es la nación más dispar del mundo industrializado”. La relación y brecha entre el salario de un director ejecutivo, y el de su empleado es “de 500 a 1 y va en aumento”. Si “el salario mínimo hubiese crecido al mismo ritmo que el del director ejecutivo en la década del 90, no sería de $5.15 en la actualidad sino de $24.13, suficiente para sacar de la pobreza a los millones de trabajadores empobrecidos”. En Estados Unidos, casi la mitad de toda la riqueza está en manos del 1% más acaudalado, mientras que el 80% más bajo tiene solamente el 4%. “En otras palabras, los 2 millones de norteamericanos en las capas superiores tienen diez veces más que los 200 millones de las capas inferiores”.

Los que sufren el embate de la incrementada disparidad económica son los niños. Más del 25% de los niños en Estados Unidos viven en la pobreza, la tasa más alta en las naciones industrializadas. Los niños producto de la pobreza concurren a las peores escuelas y prácticamente no tienen acceso al cuidado de la salud. A las madres que viven en la pobreza se les dice que deben trabajar en vez de cuidar de sus niños. Los salarios que reciben no son suficientes para sacarlas del nivel de pobreza, y cuando realmente consiguen un trabajo, los beneficios y el cuidado infantil no están incluidos.

Nuestros valores económicos van en contra de los intereses de los niños y de los pobres y ciertamente tampoco contemplan los propósitos que Dios nos revelara en las Sagradas Escrituras y en nuestro Señor Jesucristo. La lógica del mercado, con un claro y pronunciado énfasis en el consumo, es el que conforma la vida moderna, incluso las iglesias, y todo se reduce a bienes de consumo al alcance de todos aquellos que dispongan de dinero para el intercambio.

Como resultado, el cisma entre los pobres y los ricos cada vez es más pronunciado, y los pobres quedan marginados de la sociedad. El cisma profundiza y agrava la pobreza espiritual de los prósperos y quebranta la comunidad cristiana. De entre los pobres y los débiles del mundo, el Cristo crucificado y resucitado nos está llamando a que formemos una comunidad nueva, conformada al estilo de Dios—una comunidad atenta a los lamentos del pobre y lista a incorporarlos en una comunidad de gracia, deseosa de compartir los recursos básicos de la supervivencia general. 

Restaurando El Cuerpo De Cristo A Través De La
Comunidad Con Los Pobres

 Las Escrituras nos revelan un Dios cuya visión sobre la creación es una comunidad de interdependencia, reciprocidad y armonía. Como criaturas creadas a la imagen divina, nosotros los seres humanos somos llamados a una comunión con la divina Trinidad, a una comunidad de reciprocidad de unos con otros y con toda la creación (Génesis 1-2). Dios hace un pacto con Abram y Sara para formar “una nación grande” a través de la cual “serán benditas . . . todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2, 3). Desde el albor de la creación y a través de toda la historia, Dios ha buscado formar una comunidad que refleje el ser y el propósito mismo de Dios, y por la cual Dios bendice a toda la familia humana.

En el Éxodo, Dios se identifica con los esclavos indefensos en Egipto y por siempre revela al Santísimo como al que observa la miseria de los oprimidos, escucha sus clamores, conoce sus angustias y desciende para liberarlos (Éxodo 3:7 y siguientes). La ley y los profetas recalcan la importancia de responder a la causa de los pobres en señal de agradecimiento de la gente para su Dios. Las viudas, los huérfanos y los inmigrantes son especialmente elegidos como punto de referencia: Su bienestar determinará el grado de acercamiento de esa nación para con Dios. Por lo tanto, la ley es clara con respecto al que angustia al inmigrante o aflige a la viuda o al huérfano (Éxodo 22:21-24). Y va aún más allá, y suple para que los pobres espiguen la cosecha, y habla sobre la prohibición de una cosecha completa. El profeta Jeremías proclama: “Así ha dicho Jehová: Actuad conforme al derecho y la justicia, librad al oprimido de mano del opresor y no robéis al extranjero, al huérfano y a la viuda” (Jeremías 22:3).

Levítico contiene las estipulaciones para el “año del jubileo”, un recordatorio tangible y claro de la visión de Dios para la comunidad (Levítico 25). El jubileo está marcado por una estipulación especial y una preocupación por los pobres y el “forastero o extranjero”, ya que se condonarán las deudas, se restituirán las propiedades a los verdaderos dueños y se compartirán generosamente los frutos de la tierra como dádivas graciosas del Señor. Jesús anunció su propia misión, a imagen del jubileo, según Isaías 61 y Lucas 4:18-19: “El Espíritu del Señor está sobre mí, / por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; / me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, / a pregonar libertad a los cautivos / y vista a los ciegos, / a poner en libertad a los oprimidos / y a predicar el año agradable del Señor”.

Los profetas declaran que la lealtad a Dios implica justicia para el pobre. La justicia bíblica es más que igualdad; se define por las consecuencias que sufra el pobre. La justicia divina comienza con los más débiles—los huérfanos, las viudas y los desposeídos. La adoración genuina requiere relaciones permanentes con los pobres y también justicia permanente para ellos. Amós proclama: “Aborrecí, desprecié vuestras solemnidades / y no me complaceré en vuestras asambleas. . . . Quita de mí la multitud de tus cantares, / pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. / Pero corra el juicio como las aguas / y la justicia como arroyo impetuoso” (Amós 5:21, 23-24).

La imagen de la nueva comunidad de Dios está encarnada en Jesucristo, quien nos invita a una comunión con los débiles y los maltratados, los humillados y los empobrecidos. Nació de una niña campesina entre los desposeídos en un establo (Lucas 1-2); pasó los primeros meses de su vida como refugiado en Egipto (Mateo 2:13-15) y creció en una familia de trabajadores. Fue de entre los marginados que anunció y decretó la venida del reino divino, y fue de entre los indigentes y los pobres trabajadores que eligió a sus discípulos. Otros, tales como José de Arimatea y Nicodemo, se unieron a su movimiento y así entraron en solidaridad con los que no tenían ninguna seguridad en el mundo. Y Jesús se entristeció por la torpeza de uno que quiso unírsele para liberarse de las garras de la prosperidad y vivir en solidaridad con los menesterosos y estar así en comunión con Jesús (Marcos 10:17-22).

En el momento de morir, Jesús fue ejecutado entre malhechores, y, en ese momento, se dio cuenta que había uno de ellos que fue su compañero, no sólo en la muerte sino “en el paraíso” (Lucas 23:39-43). Antes de su muerte, Jesús dijo a sus seguidores que a él lo verían en los rostros y en las necesidades de todos los que sufrían hambre, de los que estaban desnudos, de los enfermos y de los que estaban en prisión, de los abandonados y excluidos (Mateo 25:31-46). Su resurrección ratificó su promesa de estar siempre presente con nosotros, llamándonos hacia su futuro donde Dios reinará sobre todo y transformará cada lágrima de sufrimiento en alegría.

Como signo de la presencia del espíritu de Cristo y de la venida del reino del Señor, la primera comunidad de fe se formó como una reunión de oración y alabanza, de comunión de vida y de substancia con los menesterosos y en el seno de ellos (Hechos 2:43-47; 4:32-35). Pablo llamó a la comunidad el cuerpo de Cristo, o sea la manifestación en que el Cristo crucificado y resucitado se haría presente en el mundo, de forma tangible, visible y real. Pablo informó a los gálatas: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres” (2:10). Al acordarnos de los pobres, demostramos la continuidad de la cristiandad de los gentiles con la cristiandad judía de Jerusalén, fundada por los primeros compañeros de Jesús.

La incapacidad de discernir o reconocer a la comunidad como al cuerpo de Cristo se hace presente cuando los cristianos prósperos de Corinto se separan de los cristianos empobrecidos, en ocasión de la Cena del Señor y de su comunión (1 Corintios 11:17-34). La forma indigna en que los corintios practicaban la eucaristía era que en la mesa de camaradería no se reflejaba la comunidad de solidaridad, sino la división de clases en la sociedad greco-romana. De ahí que Pablo diga: “por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Corintios 11:30), una descripción fiel de una iglesia separada y distanciada de los pobres.

Pablo les recuerda a los corintios que “no hay muchos sabios . . . ni muchos poderosos, ni muchos nobles” (1 Corintios 1:26). Es precisamente esta comunión, de algunos que eran prósperos, con otros que no lo eran, lo que permitiría hacer realidad la diversidad de los dones y ministerios en la comunidad, donde la unidad, y no la uniformidad, con el Espíritu Santo se podía discernir y afirmar. La remoción de las barreras económicas, por lo tanto, podría ser el sendero a la unidad en Cristo.

En 2 Corintios 8:1-15, Pablo nos insiste sobre la importancia de abundar en la función de compartir recursos entre las comunidades dispares. Estamos creando así una nueva igualdad o comunión, en la cual la abundancia de algunos suple la escasez de otros “para que haya igualdad” (8:14). El amor de la comunidad se muestra verdadero en tanto que refleja la actividad de Jesucristo, quien “por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos” (8:9).

¿Podría ser que la visible enfermedad o crisis en las congregaciones sea el reflejo de nuestro olvido por los pobres y la consecuente separación del Dios que ha elegido a los “más pequeños” como un medio especial de gracia? ¿Podría ser que nuestro fracaso en la evangelización y misión estuviese conectado con la forma en que la vida congregacional repliega, en vez de transformar, las barreras entre los ricos y los pobres y entre las razas y las culturas, creando la imposibilidad de discernir o reconocer el cuerpo de Cristo, aun en nuestra práctica eucarística?

La incompetencia de nuestra mayordomía, ¿no se origina, en parte, por nuestro rechazo a visualizar a los pobres y a los niños de la tierra como miembros bienaventurados de nuestra familia, con los cuales participamos comunitariamente en la gracia divina?

Nuestra herencia wesleyana nos llama a una comunión con el pobre. Juan Wesley estaba convencido de que los metodistas podían ser una comunidad que trascendiera las divisiones de clase y las posturas sociales. A través de su larga vida, y extenso ministerio, Wesley buscó crear un vínculo de comunidad entre los metodistas y los empobrecidos. En sus viajes permanentes por toda Gran Bretaña, Wesley tenía como costumbre y disciplina vivir entre los pobres y compartir con ellos todo. En sus sermones y cartas, él instaba a sus seguidores a que visitaran a los pobres y a que se imbuyeran, personal y diariamente, de la lucha y la piedad de los empobrecidos. Una de las razones por la que los prósperos muestran tan poca comprensión por los pobres es que no tienen un conocimiento y contacto íntimo con ellos. Por lo tanto, Wesley fue muy categórico en subrayar la importancia de una disciplina y de una práctica de visitas al pobre. Justamente la visitación a los pobres es el pilar indispensable para el discipulado cristiano como demostración de piedad y adoración. La carencia de esta disciplina perpetúa los estereotipos falsos sobre los pobres, por lo tanto justifica y solidifica la separación entre los ricos y los pobres.

Wesley, sin embargo, era consciente de que una relación fluida y constante entre ricos y pobres era difícil, y la acumulación de riquezas era una amenaza seria para el movimiento metodista. Convocó a los metodistas prósperos de las sociedades a que compartieran su riqueza con los pobres, convencido de que esto evitaría la influencia destructiva de la riqueza sobre la vida espiritual. En las primeras sociedades, encontramos los ricos y los pobres, pero Wesley ponía toda su atención en el ministerio con los pobres y para los pobres, quienes eran la bendición de los ricos, de acuerdo a su prisma.

La tan temida y creciente prosperidad entre los metodistas, según Wesley la causante de la separación entre los ricos y pobres y de la debilitación del movimiento, cristalizó aun antes de su fallecimiento en 1791. Cuando el metodismo se diseminó en Norteamérica, adquirió las características y los valores de la frontera norteamericana: El individualismo y el ansia de mobilidad ambiciosa y desmedida, dieron forma a las prioridades de la iglesia en el nuevo mundo. Inmediatamente después de que la Iglesia Metodista Episcopal se organizó en 1784, la denominación comenzó a comprometer algunos de los principios básicos en nombre de la expansión institucional y del relieve cultural. Por ejemplo, la fuerte posición antiesclavista que Wesley asumió y defendió durante la Conferencia Navideña de 1784, se vio debilitada por las subsiguientes Conferencias Generales. Finalmente, desembocó en la escisión de la iglesia norteamericana en 1844, presagio de la división en el país. Una vez que los principios fundamentales del valor y de la dignidad humana se vieron comprometidos, el desarrollo y la presencia del clasismo y el quebrantamiento de la comunidad imperaron libremente y casi impensadamente.

Para mediados del siglo diecinueve, los metodistas en Estados Unidos, en un afán por captar la parte “más poderosa y pudiente” de las comunidades en crecimiento, pasaron a ocupar edificios lujosos e importantes en las calles principales, abandonando la práctica de instalarse en las calles poco transitadas. Los lugares de reunión modestos se transformaron en santuarios de lujo, y los pastores itinerantes o viajeros fueron reemplazados, casi en su totalidad, por un clero que ejercía sus funciones pastorales desde un lugar fijo, y los pocos pastores itinerantes ejercían el poder pastoral a través del laicado local. El movimiento misionero, pieza instrumental en llevar el evangelio a muchas tierras extranjeras y también responsable por fundar escuelas, hospitales e iglesias, desafortunadamente exportó el individualismo y el poderío económico del capitalismo. El valor dominante de la cultura norteamericana, incluso el de las iglesias, pasó a ser el intercambio comercial. En la tendencia del mercado actual, el cuidado de la salud, la educación, el alimento y la vivienda pasan a ser bienes de consumo al alcance de los que tienen el poder económico. Ésta es la realidad general que está en lucha por captar la lealtad de los habitantes de la tierra.

El consumo se ha infiltrado en la religión: La gente va de compras, literalmente, y elige las iglesias y las experiencias religiosas. El mismo ministerio está sujeto a las fuerzas competitivas del mercado. Así, los pastores compiten por salarios más importantes y congregaciones más numerosas.

La riqueza ha pasado a ser no sólo el medio para los bienes y servicios mundiales, sino la definición del valor humano y el salvoconducto para la “salvación”. En un mundo dividido y ávido por competir, donde la brecha entre los ricos y los pobres se agranda vertiginosamente, asemejándose a la abertura pronunciada de un abismo, donde la vida humana queda reducida a un simple bien de consumo negociable, donde los pobres de la tierra—que son la mayoría—se tornan invisibles a los ojos de los prósperos, la iglesia debe ser la presencia visible y tangible de una comunidad construida por la gracia y el don divinos. Es a la iglesia a la cual Dios reclama para que se erija como un símbolo, un goce anticipado, y un instrumento de la victoria de Cristo sobre los poderes de la dominación, la división y la muerte. Cuanto más se parezca la iglesia a la comunidad de gracia inclusiva de Cristo, más verdaderos su integridad doctrinal, su testimonio evangélico y su lealtad misional.

La Iglesia Metodista Unida puede aún ser la presencia visible y tangible de la victoria de Cristo sobre los poderes de la dominación, la división y la muerte, por el poder de Dios a través del Espíritu Santo, si nos embarcamos obediente y humildemente a establecer una comunión con los pobres, para los pobres y en el seno de los pobres. Esta tarea nunca es fácil dado que luchamos contra el pecado sistémico, los principados y los poderes que compiten por regir este planeta. Estos poderes se alojan profundamente en nuestros corazones y en las congregaciones, manifestándose en el miedo y el rechazo por los demás y por todo aquel que sea diferente a nosotros. Sin embargo, con Dios todo se puede. El Dios que resucita a Jesucristo de entre los muertos ha reconciliado en Jesucristo todas las cosas en el cielo y la tierra. La victoria definitiva al vencer los poderes del pecado y de la muerte, y al remover las barreras divisorias entre la familia humana, ya ha sido conquistada en la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Podemos, por lo tanto, vivir en la confianza de la luz de Cristo, presente y futura, que reina y vive en la justicia, en la generosidad y en el goce.

Llamado A La Acción E Invitación
A La Peregrinación
 

Unido a los objetivos anteriormente mencionados en la Iniciativa, queremos comprometer a la iglesia en una reflexión bíblica y teológica, y en un enunciado claro de lo que debe ser su misión para este milenio que despunta y para una reformulación de la iglesia a imagen y semejanza de Cristo.

1.              Convocamos a toda la iglesia a orar para que el Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos y acciones en esta tarea de redirigir a la iglesia hacia una nueva comunidad, inclusiva de los niños y de los empobrecidos, todos rebaño del Señor.

2.              Convocamos al “pueblo llamado metodista” a que se nos una para encontrar caminos específicos y rotundamente diferentes para testificar la venida del reino del Señor, instancia en que la división humana será abolida. Más concretamente, buscamos ser el cuerpo de Cristo y edificarlo en una nueva comunidad con los pobres, para los pobres y en el seno de los pobres, en donde los dones espirituales, de ricos y pobres, se compartan por igual. La tarea de evangelización y de desarrollo de la iglesia deberá tener, como foco central, la creación de nuevas congregaciones que sean el espejo de esta nueva comunidad.

3.              Las congregaciones ya establecidas, especialmente las de los más prósperos, deberán esforzarse por integrar al indigente y a la clase trabajadora en la vida de sus congregaciones y considerarlos no como objetos de caridad, sino como componentes indispensables del cuerpo de Cristo. Debemos desarrollar, recibir y honrar los dones y ministerios de los empobrecidos, de la misma manera que otros se honran al servirles en la necesidad.

4.              Todos los aspectos de la vida de la iglesia deberán pasar por el escrutinio. Debemos examinar absolutamente todo a la luz de la nueva comunidad de Cristo, por ejemplo:

·        La compensación, evaluación y el nombramiento del clero y de los funcionarios eclesiásticos;

·        El lugar y los motivos para fundar congregaciones nuevas;

·        El diseño y la ubicación de los edificios eclesiásticos;

·        El reclutamiento, la educación y la ubicación de los líderes pastorales; y

·        La estructuración de las juntas y agencias y la forma en que determinan las prioridades.

 Fortalezcamos nuestro conexionalismo eclesiológico fusionando parroquias. Así, las congregaciones más prósperas se relacionarán directamente con las más necesitadas, y se aprovecharán mejor los recursos y los edificios.

5.              Nuestra característica de conexionalismo global ofrece interesantes desafíos y la oportunidad de unir a las congregaciones. Las fusiones o uniones deben recibir instrucción, difusión y expansión al estilo de las que auspició la Petición Episcopal: Esperanza para la Niñez de África, y también deben unir los esfuerzos para vencer las diferencias de nacionalidad y cultura. Considerando que la iglesia es una y universal, esforcémonos por plasmar juntos, como hermanas y hermanos en Cristo, una expresión a nuestra nueva comunión.

6.              Trabajemos en cooperación con las organizaciones y movimientos populares. Ellos nos conducirán hacia la comunión con los pobres y hacia el fortalecimiento de la defensa por la justicia y la compasión, en temas de naturaleza pública y de políticas monetarias y de comercio internacional. Estamos desafiando a las congregaciones a que colaboren con las escuelas locales, los hospitales y las organizaciones cívicas y gubernamentales, a que ofrezcan programas de cuidado para todos los niños de Dios.

7.              Las acciones y los testimonios son uno. Al buscar fortalecer la comunión con los niños y con los menesterosos, debemos abiertamente defenderlos y erigirnos en sus voceros en los emporios del poder y de la política. Nuestra defensa por el pobre es una extensión de nuestra proclamación de las buenas nuevas de Jesucristo. Vivamos confiados en la luz de la soberanía de Cristo, nuestro Señor, sobre toda la creación, y festejemos el despuntar de una nueva comunidad en donde Dios ha derribado todas las paredes divisorias de la hostilidad y en Jesucristo nos ha hecho uno.

 Bendición 

En calidad de obispos de ambos sexos, continuamos gozosa y fielmente nuestro viaje hacia una nueva comunidad. Invitamos al “pueblo llamado metodista” a compartir la renovación y bendición en comunión con los que Dios ha elegido especialmente como medios de gracia: los niños y los pobres. Al compartir en comunión con ellos, somos bendecidos por el Dios que prometió: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

“Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” (Efesios 6:23-24).

 Las citas de las Sagradas Escrituras corresponden a La Santa Biblia, Reina Valera, Revisión de 1995, Edición de Estudio, derechos de autor Ó1998 Sociedades Bíblicas Unidas. Usado con permiso.

Traducido por Martha Rovira de Raber, 2001.